
Afuera, la humedad de Valparaíso debe andar por el 75%, o al menos eso se siente en los huesos y en la forma en que la niebla se pega a los vidrios del depto esta noche. Tengo el té a medio camino de enfriarse sobre la mesa y mi rincón del sofá ya me espera, con ese ejército de cojines que amontono para que mi voz no rebote tanto; es un ritual un poco ridículo, pero el olor a lana húmeda de los cojines viejos contra mi cara mientras intento silenciar el eco de mi propia habitación me hace sentir que estoy en un lugar seguro, lejos de los correos y las planillas de la oficina.
El silencio de la oficina y el nudo en la garganta
No es que yo quiera ser cantante, ya lo he dicho un montón de veces, pero después de un día entero de hablar lo justo o de estar pegada a una pantalla, siento que la voz se me queda como en un cajón guardada, toda apretada y 'sucia'. Al principio, cuando empecé con esto a finales de noviembre, cometía el error de llegar, soltar la cartera y tratar de cantar de una, como si la garganta fuera una radio que prendes y ya está. El resultado era siempre el mismo: una nota que se rompía a mitad de camino y yo sintiendo que me ardía un poquito la zona de las cuerdas, como si me hubiera tragado un puñado de arena.
Me pasaba mucho que, por las ganas de soltar el estrés, terminaba frustrada a los tres minutos. Esos beneficios de cantar para el estrés después de un día de oficina de los que tanto se habla no aparecían por ninguna parte porque mi voz simplemente no quería cooperar. Me daba una vergüenza atroz conmigo misma; es curioso cómo una puede sentirse intimidada por su propia voz en un departamento vacío, pero así es. Me quedaba ahí, mirando el teléfono apoyado en el tazón, pensando que quizás cantar no era para mí, que mejor me quedaba tarareando bajito mientras lavaba los platos.

No es relajarse, es despertar (con cuidado)
He leído por ahí que hay que relajarse profundamente antes de cantar, pero a mí eso no me sirve de mucho por la noche. Si me relajo demasiado después de ocho horas de trabajo administrativo, me quedo dormida sobre el micrófono del celular. Lo que he descubierto estos meses, sobre todo durante las noches de mayo cuando el frío empezó a apretar, es que mi cuerpo necesita una activación muscular leve; no es soltar todo, es despertar los músculos que se quedaron dormidos en la silla giratoria de la oficina. Es como si la voz necesitara que le avisaran que ya no estamos en modo 'contestar el teléfono con voz de secretaria'.
Ahora, mientras espero que hierva el agua, hago cosas que me harían morir de la vergüenza si el vecino del ascensor me viera. Empiezo con vibraciones de labios, ese ruido como de motor de juguete que hace que me pique la nariz. No cuento los segundos, solo lo hago un par de veces mientras camino por el pasillo. Lo importante es que siento que el aire empieza a moverse de otra forma. También me sirve mucho hidratarme, aunque aprendí por las malas que el agua que me tomo ahora no ayuda a las cuerdas vocales de inmediato; el tejido tarda como 20 o 30 minutos en sentir ese alivio, así que el té me lo tomo con calma, dejando que el vapor me humedezca un poco la cara primero.
Burbujas, zumbidos y el perro de arriba
Hay una técnica que suena súper profesional, la del tracto vocal semi-ocluido, pero para mí es simplemente soplar por una bombilla en un vaso con un poquito de agua. Lo hago bajito, para que el sonido se quede conmigo. Es increíble cómo algo tan tonto hace que la presión en la garganta desaparezca. A veces, el perro del piso de arriba me escucha y suelta un aullido largo, como si estuviéramos haciendo un dúo experimental en medio de la noche de Valpo. Me río sola y eso también ayuda a ablandar el día.
A veces me viene a la cabeza alguna canción que escuché en la micro de vuelta a casa y trato de hacer zumbidos suaves con esa melodía, sin abrir la boca, solo sintiendo la vibración en los dientes. Es un calentamiento que no molesta a nadie. De hecho, tuve que aprender cómo cantar en un departamento pequeño sin molestar a tus vecinos porque el miedo a que me golpearan la pared me ponía la garganta más rígida todavía. Si caliento bien, el sonido sale más redondo, menos chillón, y eso me quita la paranoia de que me estén escuchando en todo el edificio.
Esa nota que por fin se deja querer
Hace unas tres semanas, después de un día de esos que te dejan molida, me senté en mi rincón y me tomé el tiempo de calentar en serio, unos diez minutos de ruidos absurdos y estiramientos de cuello. Puse a grabar el teléfono —esos archivos que se guardan a 44.1 kHz y que captan hasta mi respiración nerviosa— y me puse los auriculares. Intenté esa parte alta de la canción que siempre se me quebraba, esa que me hacía sentir que tenía cristales en la laringe.
Y llegó. La nota llegó sin pelea, limpia, como si hubiera estado esperando a que yo dejara de forzarla. Fue un momento cortito, apenas un par de segundos antes de que me distrajera y volviera a desafinar, pero se sintió como ganar una batalla pequeña. Por supuesto, después escuché la toma y me dio un poco de tirria; todavía tengo ese movimiento mecánico y veloz de mi pulgar borrando la grabación de la nota fallida antes de que termine de sonar el eco en los auriculares. Es casi un reflejo. Supongo que es parte del proceso entender por qué no me gusta mi voz grabada al cantar en casa, pero al menos esa noche no me dolió la garganta.
Al final, calentar la voz por la noche no es para prepararme para un escenario que no existe, sino para que mi voz me vuelva a pertenecer. Después de tantas horas de ser 'la Noelia de administración', esos ruidos raros y esos zumbidos son el puente para volver a ser yo misma. El té ya está frío del todo, el perro de arriba se calló y yo me siento un poco más persona, que es más de lo que puedo decir de cómo me sentía a las cinco de la tarde en la oficina.