Canto en Casa

Cómo cantar en un departamento pequeño sin molestar a tus vecinos

Cómo cantar en un departamento pequeño sin molestar a tus vecinos

Esa tarde gris de agosto, cuando la vaguada costera de Valparaíso se mete por las rendijas de las ventanas y parece que el mundo entero se vuelve de color cemento, sentí que necesitaba hacer algo que no tuviera que ver con una pantalla. Trabajo todo el día frente a planillas de Excel en una oficina del plan, y al llegar a mi depto de 40 metros cuadrados, el silencio se me hacía pesado. Quería cantar, pero me aterraba que el vecino del 402, que siempre se queja por el ruido del ascensor, escuchara cada uno de mis gallos y mis intentos fallidos de llegar a una nota decente.

El rincón de los cojines y la física del silencio

Mi solución fue improvisar un 'estudio' en la esquina del sofá. Amontoné todos los cojines que tenía —los de la cama, los del living, hasta una manta de lana gruesa— para intentar que el sonido no rebotara tanto. Me puse los auriculares, apoyé el celular en una taza de cerámica fría (que todavía tenía restos de un té que se me olvidó tomar) y me quedé ahí, esperando a que pasara el camión del gas con su música estridente para poder grabar algo sin interferencias. Sentía el frío de la cerámica en las puntas de los dedos mientras contenía la respiración, como si el silencio fuera algo frágil que se pudiera romper con solo pensar en cantar.

Me puse a investigar un poco sobre acústica casera, más por curiosidad que por querer ser profesional. Resulta que una conversación normal ronda los 60 dB, pero cuando uno intenta proyectar la voz, como un cantante de ópera, puede llegar fácilmente a los 110 dB. En un edificio como el mío, donde las paredes de ladrillo estándar tienen un índice de reducción acústica de unos 45 dB, las cuentas no cierran. Si grito a 110, al vecino le llegan 65 decibelios directos al living, lo que suena como si yo estuviera parada al lado de su sillón dándole un concierto privado no solicitado.

El mito del armario y por qué dejé de esconderme entre la ropa

Durante las semanas más frías de agosto, leí en varios foros que lo mejor era cantar hacia un armario lleno de ropa. Me encerré ahí un par de noches, sintiendo el olor a naftalina y lana guardada, pensando que era la solución definitiva. Pero me di cuenta de algo que nadie te dice: cantar hacia la ropa no mejora tu sonido, sino que absorbe todas las frecuencias altas. El resultado es un sonido muerto, plano, que me obligaba a forzar la voz innecesariamente para sentir que estaba 'sonando'. Terminaba con la garganta apretada y una sensación de cansancio que no tenía sentido para alguien que solo quiere desestresarse después de la oficina.

Entendí que el exceso de control, ese miedo constante a ser escuchada, me impedía encontrar mi propia voz. Cantaba 'hacia adentro', apretando los músculos del cuello como si eso fuera a bajar el volumen mágicamente. Lo único que lograba era odiar las grabaciones que hacía. De hecho, tengo ese nudo en el estómago que aparece justo antes de darle a 'play' y escuchar mi propia voz sin filtros; es una mezcla de vergüenza y una curiosidad masoquista por saber qué tan mal salió esta vez. Muchas veces, la mayoría, borro el archivo apenas termina la última nota, sintiendo un alivio casi físico al ver desaparecer esa evidencia de mi imperfección.

Hace unos meses, cuando me sentía especialmente frustrada, busqué algo de ayuda externa y me pregunté si vale la pena el curso básico de canto para aficionados en casa que me aparecía en publicidad. Lo abrí un martes por la noche, sin muchas expectativas, solo buscando una estructura que me sacara de mi propia cabeza. No es que quiera dar clases, ni siquiera quiero que me escuchen en el ascensor (donde una vez el vecino me preguntó si yo era la que 'practicaba', y casi me muero de la vergüenza), pero necesitaba entender por qué me dolía la voz al intentar no molestar.

La noche de lluvia en mayo y la nota que llegó sin pelear

Pasaron unos tres meses de práctica constante, de sentarme en mi rincón de cojines después de las siete de la tarde, cuando el ruido de la calle empieza a bajar. Una noche de lluvia en mayo, el sonido de las gotas contra el vidrio me dio una especie de cobertura acústica natural. Me sentí más valiente. Estaba intentando una canción que tenía un pasaje alto que siempre se me escapaba, una nota que se rompía en mil pedazos cada vez que intentaba alcanzarla.

Esa noche, simplemente dejé de apretar. Dejé de pensar en la pared que me separa del 402 y en los decibelios que podían atravesarla. La nota llegó limpia, sin esfuerzo, casi como si hubiera estado esperando ahí todo este tiempo a que yo dejara de asfixiarla. No fue un momento de película, nadie aplaudió, y el perro del vecino de arriba no dejó de aullar como suele hacer cuando escucho música, pero para mí fue todo. Me di cuenta de que gran parte de mi lucha contra la afinación era, en realidad, una lucha contra mi propio pudor. Si te interesa explorar más sobre esto, hace poco escribí algo sobre ejercicios para no desafinar al cantar notas agudas sin esfuerzo, basándome en lo que me funcionó a mí en esas noches de encierro.

Cantar sola en un departamento de 40 metros cuadrados no me convirtió en cantante, y sigo estando firmemente en la categoría de no-cantante. Pero esa pequeña victoria me hizo sentir que, a pesar de las pantallas, del trabajo administrativo y de la rutina gris de los meses de invierno, sigo siendo una persona real con una voz que, aunque a veces me haga flaquear, me pertenece solo a mí.

Aceptar el ruido propio como parte del proceso

Hace un par de semanas, volví a encontrarme con el vecino en el ascensor. Me miró y me dijo: "Qué bien suena esa radio que pone a veces, vecina". Me quedé helada. No era la radio, era yo. Pero en lugar de querer que la tierra me tragara, solo sonreí y le dije que sí, que era una música muy bonita. Me di cuenta de que mi percepción del ruido era mucho más severa que la realidad. A veces, nos preocupamos tanto por no molestar que nos olvidamos de que tenemos derecho a ocupar espacio, incluso sonoramente.

Todavía tengo grabaciones que me hacen estremecer de vergüenza. Es normal. De hecho, pasé mucho tiempo preguntándome por qué no me gusta mi voz grabada al cantar en casa, y aprendí que es un proceso de reconciliación con uno mismo. El teléfono apoyado en la taza de té, los auriculares que me aprietan un poco las orejas y el frío de Valparaíso son mis compañeros de estudio. No necesito más.

Cantar 'mal' a propósito algunas noches me ha ayudado a soltar la tensión de esos días pesados en la oficina. A veces, simplemente grito un poco o hago sonidos raros para ver qué pasa. El perro de arriba a veces me sigue el ritmo, y por un momento, el edificio deja de sentirse como una colmena de extraños y se convierte en un lugar donde alguien, aunque sea una sola persona en el 305, está intentando sentir algo diferente.

Al final, aprender a cantar en un lugar pequeño es más un ejercicio psicológico que técnico. Es encontrar el equilibrio entre respetar al otro y no anularse a uno mismo. Mañana seguramente volveré a la oficina, a las planillas y a los correos electrónicos interminables, pero sé que al llegar a casa, me espera mi rincón de cojines, mi té frío y esa posibilidad, aunque sea pequeña y desafinada, de volver a ser yo misma a través de una canción que nadie más necesita escuchar.

" , Noelia.

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