Canto en Casa

Técnicas de respiración para cantar sin cansarse durante mucho tiempo

Técnicas de respiración para cantar sin cansarse durante mucho tiempo

El frío de la pantalla del celular contra mi mejilla siempre me toma por sorpresa. Es esa primera sensación de la noche, justo cuando decido que el día de oficina ya terminó de verdad y que este rato en el rincón del sofá es solo mío. Mientras acomodo el teléfono apoyado en mi taza de siempre, esa que todavía conserva el olor a café viejo de la mañana aunque ahora tenga un té que se está quedando helado, me doy cuenta de que mi respiración todavía viene apurada, como si siguiera subiendo las escaleras de la micro o tratando de responder un correo urgente antes de las cinco.

Hace unos seis meses, cuando empecé con esta locura de cantar sola entre almohadones para que no me escuchen los vecinos, me frustraba muchísimo. Me ponía a intentar alguna canción de esas que tienen frases largas y, antes de llegar al primer estribillo, sentía una opresión en el pecho, como si me faltara el mundo entero. Pensaba que era el humo de los barcos en el puerto o simplemente que mis pulmones no daban para más, pero la verdad era mucho más simple y, a la vez, más enredada: no sabía qué hacer con el aire que tenía.

El nudo en los hombros y el aire que se queda arriba

Me acuerdo clarito de una tarde de mayo después del trabajo. Había sido un día de esos grises, con mucha planilla de Excel y poco movimiento, y llegué al depto con los hombros pegados a las orejas. Me senté en mi rincón, me puse los auriculares y traté de seguir una melodía suave. A los tres versos, ya estaba jadeando. Es curioso, porque aunque la capacidad pulmonar promedio en nosotras las personas adultas es de unos 6 litros, yo sentía que estaba tratando de cantar usando apenas el aire que cabe en un dedal.

Esa sensación de que la voz se quiebra no suele ser falta de 'talento' (esa palabra que me queda tan grande), sino pura tensión. Traemos la respiración superficial de la oficina, esa que apenas mueve las clavículas y que nos mantiene en una frecuencia respiratoria de unas 12 a 16 respiraciones por minuto, pero que no sirve para sostener una nota que quiere durar un poquito más. Mis hombros subían y bajaban como si estuviera asustada, y claro, la garganta se cerraba por solidaridad. Cantar así cansa más que correr por la Avenida Alemania.

En esas semanas más frías de julio, cuando el viento de Valparaíso se colaba por las rendijas de la ventana, me di cuenta de que mi mayor enemigo era ese impulso de 'tomar mucho aire' de golpe. Abría la boca como un pez fuera del agua, llenaba la parte de arriba del pecho y, al segundo, ya no me quedaba nada. Era como inflar un globo pinchado. Me di cuenta de que los beneficios de cantar para el estrés después de un día de oficina se perdían si terminaba más agotada que cuando empecé.

El experimento de las almohadas y el mito de la 'panza inflada'

Una noche, de pura curiosidad y un poco de desesperación, tiré un par de cojines al suelo y me acosté boca arriba. Me puse un libro pesado sobre el abdomen, justo debajo de las costillas. Quería ver qué pasaba si dejaba de intentar 'controlar' y simplemente dejaba que el aire entrara. Ahí entendí lo que tanto dicen de la respiración diafragmática, aunque para mí fue más como descubrir que tengo un sótano en el cuerpo que nunca usaba. El libro subía y bajaba sin que mis hombros se movieran un milímetro.

Pero aquí viene lo que nadie te cuenta, o al menos lo que yo aprendí a los golpes: obsesionarse con empujar la panza hacia afuera es una trampa. Al principio, yo sacaba la barriga con una fuerza muscular bruta, pensando que eso era 'apoyar'. Error. Lo único que lograba era ponerme rígida como una tabla, y la voz salía todavía más apretada. Esa expansión abdominal tiene que ser el resultado de que el aire baja, no una causa que tú fuerzas con los músculos. Si te pones tensa para 'respirar bien', el cansancio llega el doble de rápido.

Después de tres semanas de práctica constante, de esas de quedarme un ratito en el suelo antes de pasar al sofá, empecé a notar que el aire no se trata de cantidad, sino de gestión. No necesito los 6 litros de golpe; necesito que los pocos que use salgan con cuentagotas. Es como aprender a administrar el sueldo a fin de mes: no es cuánto tienes, sino cómo no te lo gastas todo el primer día. En mi caso, el 'sueldo' era ese aire que aprendí a dejar caer hacia la base de los pulmones.

La vibración en la espalda: el momento en que algo encajó

Hubo una noche, ya bien entrada la oscuridad del cerro, en la que pasó algo raro. Estaba cantando algo muy bajito, casi un susurro para no despertar al perro del vecino de arriba que siempre aúlla cuando me escucha, y de repente sentí una vibración inesperada en la parte baja de la espalda. Fue apenas un segundo, un cosquilleo justo encima de la cintura mientras inhalaba expandiendo las costillas, pero sin levantar los hombros ni un poquito. Fue la primera vez que no sentí que estaba 'haciendo' fuerza, sino que estaba 'siendo' un canal.

Ese famoso 'apoyo' del que hablan los que saben, para una porteña que canta sola en su depto, resultó ser simplemente no estorbar. Es dejar que las costillas se abran hacia los lados, como un acordeón viejo, y dejar que el aire se gestione solo. Cuando logras eso, dejas de jadear. Puedes terminar una estrofa larga y todavía te queda un resto para sonreír (o para suspirar, que es lo que más hago yo cuando me escucho en las grabaciones). A veces me pregunto por qué no me gusta mi voz grabada al cantar en casa, pero al menos ahora esa voz no suena como si estuviera pidiendo auxilio por falta de oxígeno.

El vecino del ascensor, el otro día, me preguntó si estaba tomando clases porque me escuchó un poquito a través de la pared (qué vergüenza, de verdad). Le dije que no, que absolutamente no, que solo estoy aprendiendo a respirar. Y es cierto. En el fondo, cantar así, sin pretensiones, me ha enseñado a gestionar el cansancio de la vida misma. A veces, cuando el día en la oficina está muy pesado, me detengo un segundo y busco esa vibración en la espalda, ese aire que baja y que me recuerda que no todo tiene que ser una lucha.

Incluso llegué a mirar de reojo algún material más estructurado para ver si lo que sentía tenía sentido, preguntándome si vale la pena el curso básico de canto para aficionados en casa, pero por ahora prefiero seguir con mis audios de medianoche y mis almohadas en el rincón. Hay algo muy honesto en descubrir tu propio ritmo, en entender que cantar por diez minutos o por una hora no depende de tus cuerdas vocales, sino de cuánta calma logres meter en tus pulmones antes de soltar la primera nota. Mi té ya se enfrió del todo, pero el pecho se siente ancho, y por hoy, eso es más que suficiente.

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