Canto en Casa

Herramientas y aplicaciones para grabar voz con el celular y mejorar

Herramientas y aplicaciones para grabar voz con el celular y mejorar
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Tengo el té al lado, ya casi frío, y el celular apoyado contra un tazón de café vacío que tiene una mancha de labial. Afuera, el viento de Valparaíso está pegando contra la ventana del depto y el perro de arriba acaba de soltar un aullido largo, de esos que parece que estuviera ensayando conmigo. Es invierno, son casi las once de la noche, y me acabo de escuchar en una grabación que hice hace un par de minutos. Es raro. Siempre es raro. Ese escalofrío de darle 'play' y reconocerse en un extraño que suena un poco más agudo de lo que una cree que es.

Algo que conviene que sepas antes de que me olvide: una parte de lo que dejo enlazado en este cuaderno son recomendaciones de afiliado de Hotmart. Si alguien cae en un curso de canto por ahí y lo termina comprando, a mí me llega una comisión y a esa persona el precio le queda igual. Eso ayuda a pagar las noches que me siento a escribir esto y las aplicaciones que voy probando. Lo que va sin afiliación lo aclaro al pie. Todo lo que menciono es porque lo tengo abierto ahora mismo o lo cerré hace un rato después de pelearme con una nota.

El celular apoyado en un tazón y el miedo al play

Empecé con esto a finales del verano, cuando los días todavía eran largos y yo sentía que el trabajo administrativo me estaba dejando la cabeza plana, como una hoja de Excel. Un martes por la noche, después de lavar los platos, me quedé tarareando y me pregunté si esa voz que se quebraba en las partes altas se podía arreglar un poco. No para ser una cantante —Dios me libre de subirme a un escenario—, sino por el puro gusto de que algo me perteneciera solo a mí.

Mi primera 'herramienta' fue la grabadora de voz que viene por defecto en el teléfono. Un desastre. Sonaba como si estuviera cantando dentro de una lata de conservas. Pero ahí estaba el registro. Esa noche borré la toma apenas terminó, con una sensación de vergüenza que no se me quitaba ni durmiendo. Luego entendí que no era solo la app, sino que mi cuarto tiene un eco que rebota en las paredes blancas y me devuelve una voz flaca, sin cuerpo.

Para mejorar un poco la situación, terminé leyendo sobre cómo mejorar la acústica de una habitación para grabar voces caseras. No puse paneles de espuma ni nada de eso, solo arrastré el sofá al rincón y apilé todos los cojines que tengo. El celular, mi fiel compañero, terminó ahí, equilibrado en el borde de un tazón para que el micrófono quedara a la altura de mi cara mientras yo me hundía en la lana de los almohadones.

Mi rincón de cojines y la app que no muerde

Después de las primeras tres semanas, me puse un poco más seria con el asunto de las aplicaciones. Hay miles, pero yo buscaba algo que no me hiciera sentir que necesitaba un título de ingeniería de sonido. Descubrí que hay una diferencia enorme cuando configuras la entrada de audio. La mayoría de las veces, el celular graba en formatos comprimidos que te hacen sonar como si estuvieras hablando por radio vieja.

Encontré una aplicación sencilla que me permitía elegir el formato WAV y subir la calidad a 44.1 kHz con una profundidad de 16-bit. No es que yo entienda mucho de números, pero se nota. La voz suena más... de verdad. Como si el aire que suelto tuviera espacio para moverse. Es una de esas aplicaciones de grabación directa que, aunque no tienen mil efectos, te permiten darle a grabar y olvidarte.

Aquí es donde entra mi pequeño secreto de los martes. Me di cuenta de que grabar por grabar era como mirarse en un espejo sucio; sabía que era yo, pero no sabía qué estaba fallando. Así que abrí el Curso Basico de Canto que encontré por internet. No es que me haya puesto a estudiar como si fuera al conservatorio, pero me sirvió para entender por qué mi voz sonaba tan apretada en las grabaciones. El problema no era solo el micrófono del celular, era que yo no respiraba. Me ponía tensa antes de apretar el botón de 'rec' y soltaba el aire de golpe.

Lo bueno de las aplicaciones de grabación directa es que requieren menos tiempo de configuración inicial que esos programas complejos que usan los profesionales. Para alguien como yo, que viene cansada de la oficina, si tengo que conectar una interfaz externa y configurar cables, simplemente no canto. Prefiero el celular, aunque pierda un poco de fidelidad sonora, porque la inmediatez es lo que me salva el día. Si el vecino del ascensor supiera que me paso las tardes de mayo grabando tomas que luego borro, se moriría de risa. Él cree que estoy tomando clases de verdad porque me vio con los auriculares puestos el otro día.

Lo que aprendí el martes que abrí el curso

Durante las tardes grises de mayo, me refugié mucho en los ejercicios de ese curso. Es bastante básico, lo cual agradezco, porque arranca desde el cero absoluto. Me enseñó a escucharme sin tanto odio. Antes, cuando me escuchaba, solo oía los gallos y las desafinaciones. Ahora, gracias a esas lecciones que sigo a mi ritmo, entiendo que por qué no me gusta mi voz grabada al cantar en casa tiene mucho que ver con cómo percibimos el sonido a través de los huesos del cráneo versus cómo lo capta un micrófono.

Usar auriculares es fundamental. Si grabas con el celular a pelo, el micrófono captura la pista de fondo y tu voz, todo mezclado y hecho un puré. Con los auriculares puestos, el celular solo me escucha a mí. Y ahí, en ese silencio digital, es donde una empieza a notar si está llegando a la nota o si se quedó a mitad de camino en el micro ride de vuelta a casa, con esa canción que se te pega y no te suelta.

He pasado por varias etapas. Al principio, era un par de intentos y borrar todo. Luego, empecé a guardar algunas notas de voz, solo para comparar. El curso me ayudó a no saltarme los pasos aburridos, como la postura. A veces canto sentada en el sofá, pero he descubierto que si me pongo de pie, aunque sea un ratito, el aire sale distinto. Es como si el cuerpo se abriera.

La fidelidad de los 16 bits y el rastro de una nota que salió

Hace apenas unos días, pasó algo que no esperaba. Estaba practicando una canción que tiene una subida bastante larga, de esas que siempre me hacían toser o apretar la garganta. Tenía la aplicación configurada en esos 16-bit que mencioné antes, el celular apoyado en el mismo tazón de siempre y los cojines rodeándome como un nido de lana.

Canté sin pensar. No estaba intentando que saliera bien para el 'profesor' imaginario de la pantalla, solo quería soltar un poco el peso de una jornada larga de trámites en la oficina. Y la nota llegó. Sin pelea. Sin que me doliera la garganta. Cuando le di a 'stop' y escuché la grabación, no hice el gesto de siempre de querer tirar el teléfono por la ventana. Estaba ahí, grabada con una claridad que me sorprendió.

Si estás pensando en probar esto, te diría que no te vuelvas loca con el equipo. Un celular moderno tiene un micrófono decente si sabes cómo rodearlo de cosas blandas para matar el eco. Y si sientes que vas perdida, dale una oportunidad a algo como el Curso Basico de Canto. A mí me sirvió para dejar de sentir que estaba gritando en la oscuridad y empezar a entender qué cuerdas estoy tocando dentro de mí. Es un proceso lento, como el invierno en Valpo, pero vale la pena.

Ser una persona que canta, no una cantante

Al final, todo este lío de aplicaciones y grabaciones de 44.1 kHz es solo una excusa. Una excusa para sentir que no soy solo una administrativa que mira una pantalla ocho horas al día. El celular es mi espejo, a veces cruel, a veces amable, que me ayuda a recordar que tengo voz.

No busco la perfección, busco ese momento en que la música me saca del depto y me lleva a otro lado. Si quieres empezar, no esperes a tener el estudio perfecto o la voz de una profesional. Agarra tu teléfono, busca un rincón con muchos cojines y simplemente graba. Aunque borres las primeras cien tomas, la ciento uno podría ser la que te haga sonreír mientras el té se termina de enfriar.

Si te da curiosidad cómo sigo este camino sin morir en el intento, puedes leer sobre lo que sentí con vale la pena el curso básico de canto para aficionados en casa. Al final, se trata de darnos permiso para hacer algo mal hasta que, un día, deja de salir tan mal. Me voy a calentar un poco de agua, que el perro de arriba ya se calló y el silencio en el cerro está ideal para un último intento antes de dormir.

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