Canto en Casa

Cómo mejorar la postura para cantar sentada en el sillón de casa

Cómo mejorar la postura para cantar sentada en el sillón de casa

Afuera llueve, una de esas lluvias de Valparaíso que parecen no tener fin y que convierten los cerros en un cuadro borroso de acuarela gris. Estoy hundida en el rincón de mi sillón, el que tiene la tela ya un poco gastada, con un té que se quedó frío hace rato sobre la mesa de centro. Es mi momento. El único rato en que no soy la administrativa que organiza carpetas y responde correos infinitos, sino alguien que intenta, muy torpemente, que una melodía le salga del pecho sin romperse. Pero esa noche, a finales de agosto, sentí que el aire simplemente no pasaba. Estaba tan apretada entre los cojines que mi voz sonaba como si estuviera atrapada en una caja de zapatos, pequeña y ahogada, y cada vez que intentaba alcanzar esa nota alta que llevo semanas persiguiendo, terminaba en un carraspeo molesto que me hacía borrar la grabación al instante, con esa punzada de vergüenza que me da cuando me escucho.

El rincón de los cojines y el mito de la estatua

Durante las semanas más lluviosas en Valparaíso, mi ritual era siempre el mismo: llegaba del trabajo, me ponía los audífonos para no molestar a los vecinos —que ya bastante tienen con el perro del piso de arriba que aúlla cuando pasa la micro— y me ovillaba en el sillón. Mi 'estudio' es precario: el teléfono apoyado en un tazón de cerámica para que no se resbale y un montón de cojines apilados a mi alrededor para que el eco no rebote tanto en las paredes desnudas del depto. El problema es que, en mi afán de 'hacerlo bien', intentaba sentarme como una estatua. Había leído que para cantar hay que estar derecha, así que me ponía rígida, con la espalda pegada al respaldo blando, forzando una postura que se sentía tan falsa como los saludos de oficina un lunes por la mañana.

Esa rigidez era mi peor enemiga. Al intentar mantener una postura 'perfecta' en un asiento que está diseñado precisamente para lo contrario, para derretirse en él, bloqueaba toda la flexibilidad que mi diafragma necesitaba. Sentía la tensión de todo el día acumulada en los hombros, y mi voz, en lugar de volar, se quedaba trabada en la garganta. Fue ahí cuando me di cuenta de que cantar sentada reduce la capacidad pulmonar de una forma increíble si dejas que el cuerpo se colapse sobre sí mismo o si, por el contrario, lo tensas tanto que no puede respirar. No se trata de ser un palo, sino de encontrar un equilibrio que te permita ser humana mientras cantas.

Buscando los puntos de apoyo en lo mullido

Hace un par de meses, en medio de uno de esos intentos fallidos, decidí dejar de pelear con el sillón y empezar a usarlo a mi favor. Me acordé de algo que vi en un video rápido mientras viajaba en la micro: que al sentarnos, tenemos 2 puntos de apoyo principales, los isquiones. Son esos huesos en la base de la pelvis que, en un sillón blando, tienden a desaparecer porque uno se hunde. Así que hice algo simple: busqué un cojín más firme, uno de esos de lana pesada que tenía de adorno, y lo puse justo debajo de mí, no atrás. De pronto, sentí cómo mi pelvis se nivelaba. No era una pose de yoga, era simplemente darle a mi cuerpo una base sólida donde descansar.

Lo otro fue el contacto con la tierra. Siempre cantaba con las piernas cruzadas o encogidas, pero esa tarde probé a poner los pies planos en el suelo. El frío del suelo de madera en mis pies descalzos fue como un cable a tierra. Me dio una sensación de seguridad que no tenía cuando estaba flotando entre plumas y espuma. Al tener los pies firmes y el peso sobre esos dos huesos, mi columna pareció entender qué hacer. Entendí que la columna vertebral tiene 3 curvaturas naturales que no hay que intentar aplanar, sino respetar. Cuando dejas que esas curvas existan sin forzarlas, el aire parece encontrar un camino mucho más despejado desde la panza hasta la boca.

La libertad de no ser perfecta

Lo más curioso es que, al soltar esa idea de la postura de conservatorio, mi voz empezó a cambiar. Una tarde fría de la semana pasada, mientras probaba unos ajustes en mis herramientas y aplicaciones para grabar voz con el celular, me di cuenta de que mi cabeza siempre se proyectaba hacia adelante, como si estuviera tratando de alcanzar el teléfono con la barbilla. Es el mismo vicio que tengo frente al computador de la oficina. Esa tensión en el cuello esófago es fatal. Así que simplemente imaginé que mi cabeza flotaba sobre mis hombros, sin empujar, solo estando ahí.

Esa noche, el roce de la lana del cojín contra mis lumbares y la estabilidad de mis pies me dieron el espacio necesario para que el abdomen no estuviera colapsado. Y entonces pasó. Estaba cantando una frase que siempre se me cortaba a la mitad y, sin pensarlo, la nota llegó. Fue una vibración repentina y cálida en el pecho, algo que nunca había sentido tan claro. El aire fluyó sin que mi abdomen estuviera apretado por el peso de mi propio cuerpo hundido en el sofá. No fue una nota de cantante profesional, seguramente si alguien la escuchara diría que le falta técnica, pero para mí, ahí sola en mi depto, fue como si por fin hubiera abierto una ventana después de meses de encierro.

Pequeños ajustes para una porteña que canta sola

No necesito un taburete de piano ni una silla de oficina ergonómica para sentirme bien cantando. He aprendido que en mi rincón del sillón, el secreto está en los pequeños detalles que nadie ve. A veces, cuando el día ha sido especialmente pesado, me olvido de todo esto y vuelvo a encorvarme, pero ahora sé cómo volver. No se trata de una disciplina militar; a veces simplemente canto mal a propósito, desparramada, solo para soltar la rabia de un trámite mal hecho o de un jefe pesado. Pero cuando quiero de verdad conectar con esa canción que tengo pegada desde el viaje de vuelta en la micro, busco mis dos apoyos y dejo que mi espalda respire.

Si alguna vez sientes que te cansas rápido o que la voz se te apaga, quizás es que estás peleando contra el lugar donde estás sentada. Yo solía revisar mucho sobre técnicas de respiración para cantar sin cansarse y me frustraba porque sentía que mi cuerpo no respondía igual que el de los tutoriales. Claro, ellos graban en estudios con sillas perfectas, y yo estoy aquí, con el vecino del ascensor preguntándome si tomo clases porque me escuchó un par de gallitos el otro día (obviamente le dije que no, con la cara roja de vergüenza). Pero la verdad es que el sillón puede ser un gran aliado si dejas de intentar que sea otra cosa. Solo hay que darle un poco de estructura para que el cuerpo no se olvide de que, aunque sea por media hora, tiene permiso para expandirse.

Al final, cantar en casa es este diario de pequeños hallazgos. No busco el aplauso, busco ese momento en que el aire entra y sale sin encontrar muros en el camino. Y si para eso tengo que poner un cojín de lana bajo los huesos y sentir el frío del piso en los dedos de los pies, pues que así sea. Es una forma extrañamente buena de volver a sentirme una persona completa, lejos de las planillas de Excel y los teléfonos que no paran de sonar, simplemente siendo yo, con mi voz rota y mi sillón viejo, encontrando el espacio para que la música, aunque sea chiquitita, pueda existir.

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