Canto en Casa

El silencio de Valparaíso y la nota que dejó de pelear conmigo

El silencio de Valparaíso y la nota que dejó de pelear conmigo

Afuera hay esa neblina espesa que se come los cerros de a poco, una de esas noches donde Valparaíso parece que se apaga y solo quedamos los que estamos encerrados. Estoy en mi rincón del sofá, con los cojines amontonados detrás de la nuca para que el eco no rebote tanto en las paredes desnudas de este depto; dicen que las superficies blandas ayudan a absorber las frecuencias altas, o eso leí por ahí para no sentir que mi voz sale disparada hacia el pasillo y despierta a medio edificio.

Antes de seguir, un detalle de honestidad: algunos de los enlaces que dejo en este cuaderno son recomendaciones de afiliado de Hotmart. Si alguien pincha en el curso de canto que menciono y lo compra, a mí me llega una comisión del 63% y a esa persona el precio le queda exactamente igual. Es una forma de ayudarme a pagar las noches que paso aquí escribiendo y cantando sola, mientras el perro de arriba aúlla siguiendo mi ritmo —o quejándose, todavía no estoy segura—.

El refugio entre los 42 cerros y una pantalla apagada

Llevo ya unos seis meses en esto, desde finales de 2025, cuando los días se pusieron grises y la rutina administrativa en la oficina me empezó a pesar más de la cuenta. Trabajar con planillas todo el día te deja la cabeza como un desierto. Al llegar a casa, lo último que quería era otra pantalla para entretenerme, pero quería algo que fuera solo mío, sin jefes, sin plazos, sin que nadie me viera la cara de cansancio. Empecé tarareando mientras lavaba los platos, pero un día me quedé pensando si ese quiebre que tengo en la voz cuando intento ir un poco más arriba se podría arreglar.

Mi 'estudio' no tiene nada de glamuroso. Es el rincón del sofá, mi teléfono apoyado con cuidado en un tazón de cerámica —a veces todavía tiene olor a café frío— para que no se resbale mientras grabo, y los audífonos puestos para que los vecinos no tengan que sufrir mis intentos. Me da un pánico terrible que alguien en el ascensor me diga algo; el otro día un vecino me preguntó si estaba tomando clases de algo porque me escuchó un murmullo y casi le digo que no, que se confundió de piso. La verdad es que soy una porteña más tratando de no volverse loca entre estos 42 cerros, buscando una forma de sentirme persona otra vez.

Aquel martes de otoño y el curso que no quería abrir

No soy cantante, eso lo tengo clarísimo. Ni siquiera me gusta hablar en público, imagínate cantar. Pero un martes de otoño, después de un viaje en micro particularmente ruidoso donde se me pegó una melodía que no me soltaba, decidí abrir el Curso Basico de Canto [El que abri un martes]. Lo tenía ahí guardado, mirándome con su valoración de 4.4, y me decidí. Lo bueno es que es para gente que arranca de cero absoluto, como yo, que no sé ni dónde queda el diafragma.

Al principio me sentía ridícula. Hay unos ejercicios de respiración que te hacen inflar la panza como un globo y soltar el aire haciendo ruidos de abeja. Me acuerdo de la primera grabación que hice esa noche; mi voz sonaba tan desafinada, tan ajena, que sentí un calor de vergüenza en las orejas y borré el archivo antes de que terminara de reproducirse. Es raro cómo uno puede llegar a odiar su propio sonido cuando no está acostumbrado a escucharse de verdad, sin el filtro de los ruidos de la calle o la radio de fondo.

Lo que me gusta de hacerlo así, sola en casa, es que nadie me juzga si me salto un módulo o si repito la misma escala veinte veces porque no me sale. El curso tiene sus cosas, algunos pedazos me los salté porque ya sentía que entendía la idea, pero para alguien que solo quiere cantar en su sala sin que el mundo se entere, está bastante bien.

La pelea constante con esa nota que se escapaba

Había una nota en particular, una que está justo en el límite de donde mi voz se siente cómoda, que llevaba semanas dándome problemas. Cada vez que intentaba llegar, terminaba en un gallo o en un suspiro débil que me daba mucha rabia. Es un esfuerzo físico real; dicen que cantar mueve más de 100 músculos, y yo sentía cada uno de ellos tensándose, especialmente los del cuello, que es justo lo que te dicen que no hagas.

Me sentaba con los cojines bien apretados contra la nuca, intentando no moverme para que el teléfono no se cayera del tazón. El olor del té que dejé enfriar en la mesa me distraía a ratos. Repetía la frase de la canción una y otra vez, un par de intentos fallidos, luego otro más, y siempre lo mismo: el quiebre, la frustración, el dedo yendo directo al botón de borrar. Hubo noches en las que cantaba deliberadamente mal, gritando un poco solo para soltar el peso de un día pesado en la oficina, pero esa nota seguía ahí, como un desafío personal que nadie más conocía.

A veces pensaba: si alguien me escucha ahora mismo, me mudo de cerro mañana mismo, sin pensarlo. Pero hay algo en la soledad del depto, con la luz de la lámpara bajita, que te permite fallar sin que se acabe el mundo. Es un espacio seguro donde mi voz rota es solo mía.

La noche que el sonido se quedó quieto

Pasaron varias semanas de esos intentos frustrados. Recientemente, una noche de esas en las que Valparaíso se queda en un silencio poco común, volví a intentarlo. No hice nada diferente. No calenté más de la cuenta ni me sentí especialmente inspirada. Simplemente me acomodé en mi rincón, me puse los audífonos y dejé que el aire fluyera como explicaban en uno de los videos del curso básico, ese que dice que no hay que empujar el sonido, sino dejarlo salir.

Y entonces pasó. Ataqué la nota y, en lugar del quiebre habitual, el sonido salió limpio. Fue algo redondo, sin lucha. Sentí una vibración extraña y nítida justo en el puente de la nariz, como si una pequeña campana interna se hubiera activado por primera vez. Me quedé quieta, sosteniendo el aire, con miedo de que si me movía el momento se rompería. No fue una nota de ópera, ni mucho menos, pero para mí, fue el silencio más bonito que había escuchado en mucho tiempo.

Le di a reproducir a la grabación del teléfono y, por primera vez, no me dieron ganas de borrarla al segundo. No sonaba a una desconocida; sonaba a mí, pero a una versión de mí que no estaba peleando con su propio cuerpo. Fue un momento pequeño, casi invisible para cualquiera, pero me hizo sentir que algo en mí se había acomodado.

Cantar para volver a ser

Sigo sin querer ser una 'cantante'. No me interesa subirme a un escenario en el Plan ni que nadie me aplauda. Lo que me interesa es este proceso de descubrir que mi voz, con sus quiebres y sus días malos, es una herramienta para sentirme viva fuera de las planillas de Excel y los correos electrónicos. Si estás pensando en probar algo así, mi único consejo es que te busques un rincón cómodo y que no te importe sonar mal los primeros meses. Al final, lo que importa es ese segundo donde la nota se queda quieta.

Si sientes que necesitas una guía mínima para no perderte, a mí me sirvió mucho el Curso Basico de Canto [El que abri un martes], principalmente porque te deja ir a tu ritmo y no te exige nada que no puedas hacer en pijama. Es básico, sí, pero a veces lo básico es exactamente lo que necesitamos para empezar a escucharnos de nuevo.

Ahora voy a terminarme este té que ya está helado y a guardar los cojines. Mañana es otro día de oficina, pero al menos sé que aquí, en mi rincón, tengo un lugar donde el ruido del mundo se apaga y solo queda mi voz, intentando, una nota a la vez, volver a casa.