Canto en Casa

Cantar por hobby para desconectarse de las pantallas después del trabajo

Cantar por hobby para desconectarse de las pantallas después del trabajo
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A veces cierro la última planilla de Excel y siento que mis ojos se quedaron pegados en la cuadrícula, como si el mundo afuera de la oficina de Valparaíso fuera solo otra pantalla más, pero con menos brillo. Llego a mi depto y lo primero que hago es no prender nada; ni la tele, ni la lámpara del living, nada. Solo me quedo ahí, con el frío que sube desde el plan y esa humedad del 80% que se te mete en los huesos durante el invierno, esperando a que el zumbido de la oficina se me salga de los oídos.

No soy cantante, que quede claro. Soy una porteña que hace trabajo administrativo y que, de puro cansancio de ser un recurso humano, decidió que necesitaba que algo en su semana no tuviera dueño ni beneficio para nadie más. Empecé tarareando mientras lavaba los platos, una costumbre vieja, pero un martes de agosto la curiosidad me ganó: ¿se podrá arreglar ese quiebre feo que me sale cuando intento llegar a las notas altas? ¿O mi voz es simplemente así, un hilo que se corta?

Mi rincón de cojines contra el eco de la oficina

Mi escenario es el rincón del sofá. He descubierto que si amontono los cojines de espuma a mi alrededor, el sonido no rebota tanto en las paredes del depto, que son delgadísimas y parecen de papel. Esos materiales porosos tienen un coeficiente de absorción sonora que ayuda a que el eco no me avergüence tanto; es como armar una pequeña cueva de tela donde puedo ser yo sin que el vecino del 402 se entere de mis intentos fallidos.

Me pongo los audífonos para que nadie más tenga que participar de esto y apoyo el celular en una taza de cerámica, la misma donde el té se me queda frío noche tras noche. Hay algo muy específico en el olor a café frío que sale de esa taza mientras intento respirar hondo; es el olor de mi ratito de libertad. Antes de empezar, suelo revisar un par de cosas que encontré por ahí para no hacerme daño, como estos cuidados de la voz para principiantes que practican canto en casa, porque lo último que quiero es terminar el día con la garganta más apretada de lo que ya la traigo de la oficina.

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El miedo a que me escuchen por el pasillo

Vivir en un edificio en Valparaíso tiene su encanto hasta que decides que quieres aprender a cantar. Aquí el silencio es un lujo y el perro de arriba, que aúlla cada vez que pasa una ambulancia por la avenida, es mi único aliado en el ruido. El consejo ese de "canta libremente" que lees en todos los blogs de bienestar no sirve cuando sabes que tu vecina, la que siempre me cruzo en el ascensor, puede oír hasta cuando estornudo.

Ella una vez me preguntó si estaba tomando clases. Me puse roja como un tomate. "No, no, solo es la radio", le dije, mintiendo descaradamente. La verdad es que me aterra que alguien piense que lo estoy intentando en serio. Por eso me sirve tanto hacerlo así, a escondidas, siguiendo un método que puedo pausar cuando escucho pasos en el pasillo. Si te pasa lo mismo, quizás te ayude leer sobre cómo perder el miedo a cantar solo usando un curso básico de canto, porque el mayor obstáculo no son las cuerdas vocales, es la vergüenza de que alguien te califique.

A veces, para soltar un día especialmente pesado, canto deliberadamente mal. Grito un poco, desafino con ganas, dejo que la voz se arrastre. Es terapéutico. Dicen que cantar activa el nervio vago y ayuda a bajar el cortisol, ese que se me acumula en los hombros después de ocho horas de planillas. No busco la perfección, busco que el aire salga y se lleve un poco del estrés del micro que tomé para venir a casa.

Cuando la voz deja de pelear conmigo

Hubo una noche de mayo especialmente fría en la que pasó algo raro. Estaba intentando llegar a una nota, un Do central —lo que los músicos llaman C4 y que vibra a unos 261.63 Hz, según leí una vez—, una nota que siempre se me quedaba trabada en la garganta, como un nudo que no quería desatarse. Pero esa noche, quizás porque estaba más cansada de lo habitual y dejé de pelear, la nota salió limpia. Redonda.

Sentí un cosquilleo extraño en el paladar y una vibración en el pecho que nunca había notado. Fue un segundo, nada más, pero me sentí como una persona otra vez, no como un recurso administrativo que procesa datos. Fue lo opuesto a esa grabación de octubre, donde intenté un agudo, soné como un gato atrapado en una puerta y borré el archivo en tres segundos, muerta de la vergüenza conmigo misma. Esta vez no la grabé, solo la viví.

Aprender a no frustrarse cuando la voz se quiebra es parte del proceso. Yo siempre me preguntaba por qué se quiebra la voz al cantar y cómo evitarlo en casa, y descubrí que la mayoría de las veces es solo tensión. Tensión de la oficina, tensión de los hombros, tensión de querer hacerlo bien para un público que no existe.

Cantar para volver a ser

Hace un par de semanas me encontré volviendo a escuchar una de las pocas grabaciones que no borré. No es que suene bien, sigo siendo la misma Noelia de siempre, pero escucho mi voz y ya no flaqueo tanto. El Curso Básico de Canto me dio esa estructura mínima para no sentirme tan perdida, aunque me salté varios módulos que me parecían muy técnicos. Lo que me gusta es que me permite seguir a mi ritmo, sola, sin profes que me miren ni horarios que cumplir.

Al final del día, después de un año haciendo esto, me he dado cuenta de que no canto para ser cantante. Canto para que el silencio de mi depto no sea tan pesado, para que el frío de Valparaíso se sienta un poco más amable y para recordarme que, aunque pase el día frente a una pantalla, todavía tengo una voz que es mía y de nadie más. Si alguna vez sientes que te estás convirtiendo en un periférico más de tu computadora, prueba a tararear algo. Quizás, entre cojines y tazas de té frío, tú también encuentres esa nota que llega sin pelear.

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